Del desempleo al emprendimiento

Impacto de las microfinanzas

A poco más de 100 kilómetros al sureste de Managua se encuentra Belén, un municipio principalmente rural y semi rural. Ahí vive Karina Vanesa Lara Hernández, una joven de 31 años que lleva la mitad de su vida trabajando y hoy ve los frutos de su esfuerzo.

Terminó la secundaria a los 15 años y no pudo ingresar de inmediato a la universidad por falta de dinero. A esa corta edad empezó a trabajar de lunes a viernes como niñera, a cambio de C$300 al mes (poco menos de 20 dólares de aquel entonces). “Yo acepté porque lo que quería era dinero para seguir estudiando”, cuenta. Y lo cumplió.

Con su primer pago se matriculó en la comunitaria Casa de la Mujer para estudiar un curso de belleza cada sábado, lo que fue perfeccionando mientras practicaba cortes de cabello,  manicuras y pedicuras a familiares y amistades.

Con apoyo económico de su hermana mayor, Marlen,  finalmente logró empezar sus estudios universitarios, los que culminó siendo becada por excelencia académica. Sin abandonar las manicuras y pedicuras a domicilio, se convirtió en administradora de empresas. Por la mañana trabajaba y por la tarde estudiaba. 

Al egresar de la universidad buscó trabajo pero la única oportunidad que encontró fue en limpieza, la cual no desaprovechó pues su meta era hallar espacio en una empresa mientras continuaba con los servicios de belleza los fines de semana. Con el tiempo se presentó otra oportunidad laboral más cercana a la carrera que había estudiado pero no le advirtieron –ni su contrato lo decía– que era temporal. Llegó el desempleo y entre frustración y enojo tomó la decisión que cambiaría su vida: “No le vuelvo a poner mi trabajo a ninguna persona, me voy a dedicar a lo mío, esto es lo que me gusta y yo voy a montar mi propio negocio, voy a ejercer mi carrera con mi propio negocio”.

Fue así que vio las manicuras y pedicuras como el trabajo que le ayudaría a llevar el sustento a su hogar, ya en ese entonces con dos hijos.


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La dificultad que fue oportunidad

Karina tiene su salón de belleza en el Mercado Municipal de Belén, Rivas.

Justo cuando la demanda de sus servicios estaba en el mejor momento, enfermó. Ante ese nuevo escenario su esposo, Juan Carlos García, la convenció de dejar de trabajar a domicilio y que mejor atendiera desde su casa, pero el local no tenía las condiciones para ello.

Fue ahí que en conjunto con su pareja adquirió un préstamo en el entonces Fondo de Desarrollo Local, hoy Financiera FDL. “Con el primer préstamo me compré un espejo y una mesita” y así inició su negocio en un local fijo. Hoy tiene su salón de belleza en el Mercado Municipal de Belén  y a través de microcréditos ha ido acondicionando el local y creciendo en número de clientes e ingresos. “Antes tenía un espejo y ahora son tres, ya no es una mesa, son cuatro”, expresa orgullosa.

¿Cómo lo ha logrado? Karina ha puesto en práctica una regla financiera elemental pero muchas veces olvidada: invertir los préstamos en el negocio, no desviarlos. Adicionalmente, ha continuado capacitándose y ha aprovechado las charlas gratuitas sobre cómo administrar mejor sus préstamos y su negocio, que realizan instituciones de microfinanzas como Financiera Fama.

La emprendedora  ya no trabaja sola, ahora emplea a una persona más y, pese a la crisis que atraviesa Nicaragua, mantiene su mirada firme en el crecimiento; aspira a ampliar y acondicionar mejor el local, ofrecer más servicios y, sobre todo: emplear a más personas.

Una historia que se repite por toda Nicaragua

La situación que le ha tocado enfrentar a Karina es la realidad que viven la mayoría de mujeres en Nicaragua, ante menores oportunidades laborales y la doble carga que deben enfrentar por las actividades del hogar y cuido de los hijos.

Sobre la base de estadísticas oficiales se puede observar que a pesar que en 2012 las mujeres representaban el 43.4% de la Población Económicamente Activa de Nicaragua,  su tasa de participación laboral sigue muy por debajo de la de los hombres (67.8% versus 88.2%), lo que no ha permitido a la economía local aprovechar el llamado Bono de Género.

Un reciente estudio de la Fundación Nicaragüense para el Desarrollo Económico y Social (FUNIDES), que analizó la Encuesta de Medición de Nivel de Vida, reflejó que hasta 2014, mientras  menos de la mitad de las mujeres aptas para trabajar lo hacían, en el caso de los hombres en iguales condiciones la cifra llegaba al 81.9%.

Gran parte de estos resultados del mercado laboral femenino nicaragüense tienen una estrecha relación con que las mujeres siguen cargando con la responsabilidad de las labores domésticas, de crianza y de cuido de las personas mayores, lo que reduce la posibilidad de que trabajen. Y, en caso de hacerlo, crean un empleo por su cuenta para tener  mayor flexibilidad de tiempo para sobrellevar ambos roles.

Debido a que esa masa de cuentapropistas no es sujeta de crédito ante la banca, el microcrédito juega un papel fundamental, tanto a en los negocios como a nivel personal. Por ello, es importante usarlo adecuadamente.

En Nicaragua la Cámara de Microfinanzas reporta que la mayoría de sus clientes son mujeres: 310,967 hasta diciembre de 2017, cifra que ha aumentado durante los últimos años.

Karina y su esposo, quien trabaja como albañil, se han apoyado con pequeños préstamos para construir su casa y continuarán haciéndolo. “Nuestra meta es esa poner nuestra casa bonita, educar a nuestros hijos, darle estudios”, enfatiza.


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